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UN SILVESTRE LEJOS DEL SHOW Y MÁS CERCA DE LO CLÁSICO

Dicen los entendidos que no fue igual que siempre, que las otras veces de éxito rotundo y desenfreno total en las que Valledupar entera se rendía a los pies de Silvestre Dangond. Un Glu, glu que no gustó de entrada y un álbum que se alejó del excesivo desborde que lo caracteriza, le pasó al urumitero una cuenta de cobro con su público, que le quedó debiendo el coro de “otra, otra…” una vez finalizó el lanzamiento en vivo de Sigo invicto.
Luego de tres horas en las que recurrió a los éxitos que lo catapultaron, parecía que la tierra del Cacique Upar se hubiera cansado de estar de pie, pero Silvestre se acordó de La colegiala, La pareja del momento y Mi amor por ellay levantó los ánimos, que encontraron su punto máximo con Me la juego toda, composición de Kaleth Morales con 10 años ya de vigencia.
Esos instantes de pasado fueron más coreados que el nuevo trabajo de Dangond, apegado a las líneas clásicas del vallenato; una fórmula que le funcionaba a su admirado Diomedes Díaz, pero que parece no ser benévola con un artista que emergió al tiempo que lo hacía la nueva ola, vendiendo frases polémicas y hits comerciales con los que consigue discos de platino y diamante y aglomerar multitudes en cualquier lugar donde pise una tarima. El silvestrismo tuvo poco tiempo para digerir El glu, glu -que finalmente no les pasó- así como el resto del álbum.
Sin ciquitrillas y difuntas, Silvestre vio el Parque de la Leyenda volcarse hacia él, pero no gozarse hasta el final este álbum, que no peca de malo, pues con temas de Alejo Durán como El Leñazo, o El Tiempo, de Sergio Moya Molina, reivindica las épocas de historias y letras vallenatas que tanto echan en falta los críticos del género. Dangond hizo la tarea: se fue por tres meses a buscar compositores y seleccionó temas para ponerle a este álbum una médula más auténtica de acordeón que mezcló con la modernidad de canciones como El confite, que promete ser la más pegada. Ese, para sus fanáticos, debió ser su primer sencillo.
Es difícil, luego de doce años de carrera, desprenderse de aquello que lo convirtió en ídolo. Esa fama de parrandero, de excesivo y de polémico que hoy quiere equilibrar le está costando a Silvestre una entrega más pasional de su público, pero tal vez lo esté revalidando entre aquellos que no le seguían.
Él, sin Grammy aún, puede estar más cerca de obtenerlo, puede que ya sea su hora. Para su tranquilidad, aún sin el éxtasis de sus fanáticos que prometen no dejarlo, sigue invicto. Eso no se puede negar.
No, no es el mismo de siempre, como dice uno de sus nuevos temas. Es un Silvestre que no muerde el anzuelo tan rápido, con una maquinaria comercial apabullante y en busca de lo que le hace falta.

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